
Notas del episodio
Octavo capítulo de Dejar Ir, de David Hawkins. El orgullo.
Este es el capítulo más tramposo de todos, porque el orgullo sienta bien. Vienes de la apatía, del miedo, del deseo, de la ira, y por fin llegas a un sitio donde te sientes alguien. Con criterio. Con dignidad. Y lo confundes con estar bien.
Hawkins lo desmonta con una imagen que no se me va: el orgullo no se apoya en el suelo, se sostiene con las manos. Hay que estar sujetándolo todo el rato. Por eso el orgulloso vive a la defensiva y salta por nada: porque sabe, por dentro, que aquello no se aguanta solo.
Y no se presenta como orgullo. Se presenta como principios. Como "yo soy así". Como "no voy a ser yo quien dé el primer paso". Como un "no pasa nada" dicho con un tono que deja clarísimo que sí pasa.
Lo que más cuesta ver es que el orgullo es una moneda de cambio. Te da la razón y te quita la cercanía. Te da la postura y te quita la conversación. Y tú aceptas el trato porque en ese momento parece que ganas.
El precio se paga después. En silencios que duran meses. En llamadas que no hiciste. En personas que se fueron esperando una conversación que tú tenías pendiente.
Yo he estado meses sin hablarme con alguien que quería, por una tontería. Y llegó un punto en que ya ni me acordaba de por qué habíamos discutido, pero seguía sin escribir. Cuando por fin escribí, se arregló en diez minutos. Ese es el tamaño real de lo que estaba defendiendo.
Escúchalo con una pregunta puesta: qué estás sosteniendo ahora mismo que se arreglaría con una frase.
Próximo jueves, capítulo 9.
Los libros no te cambian cuando los lees. Te cambian cuando los vives.
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jaimemanzano.es · @jaimebiohacker
